Descreídos Martes, 23 febrero 2016

¿Funciona el polígrafo o detector de mentiras?

Una herramienta que funciona muy bien en la ficción.

Una herramienta que funciona muy bien en la ficción.

 

Escribe: Ángel Moyano, director de la SSH

Desde tiempos inmemoriales los seres humanos mentimos.  Mentiras blancas, mentirijillas, mentiras grandes, mentiras insidiosas, mentiras que salvan y mentiras que condenan, mentiras institucionales, mentiras gubernamentales, mentiras que desatan guerras y mentiras que cambian los equilibrios geopolíticos.  Estudios científicos[1] han comprobado que la tasa de mentiras que decimos en la vida diaria es más alta de lo que imaginamos: entre estudiantes de una universidad, una de cada tres interacciones sociales era una mentira, o una de cada cinco en una comunidad.

Y con las mentiras, fue surgiendo también la necesidad de detectarlas[2].  Los intentos de hacerlo son tan antiguos como la humanidad misma.  En uno de los papiros vedas (900 años antes de nuestra era)  se daban instrucciones precisas de cómo detectar a los envenenadores a través de su comportamiento (“No responde a las preguntas, sino con respuestas evasivas, habla sin sentido, palidece, frota el piso con el pie, se toma los cabellos y trata de salir del lugar por cualquier medio”).   Los griegos pensaban que a través del pulso podía detectarse cuándo alguien mentía (se dice que unos tres siglos antes de nuestra era, el médico y anatomista Erasistrato, detectó, gracias a esta técnica, la escondida pasión que Antíoco sentía por su joven madrastra Estratónice).

Durante muchos siglos y en muchas culturas se confió más en las Ordalías o “Juicios de Dios“, con los que se determinaba, atendiendo a un supuesto mandato divino, la inocencia o culpabilidad de una persona: si alguien sobrevivía o no resultaba demasiado dañado, se entendía que Dios lo consideraba inocente y no debía recibir castigo alguno.  Las ordalías fueron un método menos racional que los usados por los vedas y griegos y se basaba únicamente en el pensamiento mágico-religioso y en la interpretación de mensajes “divinos” por parte de los jueces o acusadores.  Un análisis detallado de muchas variedades de ordalías, que se remontan a la antigua China, Egipto y la India, fue publicado en 1866[3] y constituye una lectura deliciosa en el sentido de cómo las superticiones podían regir la vida de la gente. Por ejemplo, en ciertas tribus del norte de Bengala se usaba la ordalía del Hierro Candente (se comprobaba la inocencia de alguien si podía poner la lengua contra un hierro candente nueve veces, si se le quemaba, era condenado a muerte); en la India, 600 años antes de nuestra era, se usaba la ordalía de la Balanza (se equilibraba al presunto mentiroso en una balanza finamente calibrada, luego éste salía para que el juez exhortara a la balanza, entonces volvía a su lugar. Si había perdido peso, era declarado inocente[4]); actualmente en África se usa la ordalía del Agua Hirviendo (se mete el brazo hasta el codo en un recipiente con agua fría e inmediatamente después en uno con agua en ebullición, al día siguiente, la piel del mentiroso tendrá quemaduras).  También existían las ordalías benignas, es decir, aquellas de las cuales cualquiera podía salir bien librado, pero ¿a quién le interesaría una prueba tan benigna?, al clero por supuesto: en la Edad Media, si un clérigo era sospechoso de haber mentido, se le sometía a la ordalía del Corsnaed, la que consistía en poner pan y queso en el altar, al frente del cual estaba el clérigo sospechoso, ataviado con su traje de ceremonias y rodeado de todos los demás clérigos, igualmente ataviados.  Después de varios minutos de oración comunitaria, el sospechoso debía de comer el pan y el queso, de ser culpable, y gracias al poder de la oración, Dios enviaría al arcangel Gabriel para que impidiera que el bocado pase por su garganta, demostrando su culpabilidad. De más está decir que hasta el más pervertido monstruo hubiera pasado la prueba.  En Europa, los “Juicios de Dios” fueron una institución jurídica hasta finalizar la Edad Media.

En el occidente la ordalía dio paso a la tortura como método de detección de mentiras.  Supuestamente la tortura “introducía una mayor racionalidad que la ordalía respecto del método de prueba pues […] parece más cercana a la verdad material la autocondena, esto es, la confesión de culpa, que la condena en virtud de ritos mágicos[5].  La tortura, en todas sus formas, se ha utilizado desde tiempos inmemoriales hasta nuestros días: en relaciones interpersonales, por bandas de mafiosos y narcotraficantes, por fuerzas policiales de muchos países e incluso por los gobiernos, no necesariamente dictatoriales (piénsese en los presos de Guantánamo) y, a pesar de su popularidad, carece de eficacia, pues es sabido que ante el dolor y el sufrimiento, uno es capaz de confesar hasta lo que no hizo.

Instrumentos de tortura

Instrumentos de tortura como supuestos métodos de obtención de la verdad.

Desde la época de Galileo, de quien se dice que alrededor de 1581 inventó el primer pulsilogium o medidor de pulso, hasta 1856, en que se inventó el primer medidor de presión arterial (que fue perfeccionándose hasta alrededor de 1910), la medición de las emociones a través del pulso y la presión comenzó a despertar el interés de la comunidad científica.  Por ejemplo, en 1875, el italiano Angelo Mosso inventó, entre otras cosas, el plethysmógrafo, un instrumento que permitía medir los cambios causados en la presión sanguínea y en el pulso por el ciclo respiratorio y descubrió, por casualidad, cómo el miedo alteraba los registros de presión sanguínea de uno de sus pacientes[6].  Mosso comenzó a estudiar y registrar muy cuidadosamente las relaciones que encontraba entre el puslo, la presión sanguínea, la palidez o el rubor, la respiración, lo stemblores, las expresiones faciales y la enfermedades que podía producir el miedo. Estas investigaciones fueron las pioneras del detector de mentiras o polígrafo, que basa su funcionamiento en la detección de cambios en los patrones de respiración, pulso y presión sanguínea, debidos al supuesto de que cuando uno miente, siente miedo de hacerlo.  En Italia, en 1902, el famoso criminólogo italiano, Cesare Lombroso, tutor de Mosso, usó el aparato de su discípulo para declarar inocente a un hombre, acusado de asesinar a una niña de seis años (“medí el pulso del sospechoso mientras le pedía que hiciera una suma, de improviso le mostré fotografías de la niña asesinada, cubierta de heridas, y el pulso no sufrió la menor variación”).

Casi veinte años después, un estudiante de medicina de la Universidad de California, inventó el polígrafo, el cual medía – además del pulso, la respiración y la presión sanguínea – la conductividad de la piel, mientras se sometía al interrogado a preguntas que, supuestamente, al ser contestadas con una mentira, generaban cambios detectables en dichos parámetros.  A lo largo de los años se fueron desarrollando baterías de preguntas que permitirían mejorar los resultados de esta técnica.  Brevemente la técnica tiene tres etapas: (1) Entrevista previa, en la que el entrevistador recaba información general que permitirá elegir el tipo de preguntas que se hará posteriormente, (2) Estimulación, en la que se pide que el individuo responda deliberadamente con mentiras a algunas preguntas, de esta manera el polígrafo es “ajustado” a las caracterísitcas del individuo, y (3) Prueba definitiva, en la que se hacen tres tipos de preguntas: preguntas irrelevantes (IR), preguntas de diagnóstico (DQ) y preguntas relevantes (RQ), que son aquellas en las que el entrevistador está realmente interesado. Los tres tipos de preguntas se alternan y se considera que la prueba es válida cuando las respuestas fisiológicas de las preguntas DQ son mayores que las de las respuestas de las preguntas relevantes RQ.

Los inicios del poligrafo.

Los inicios del poligrafo.

Después de un período de auge, comenzaron a aparecer las primeras críticas, siendo la más importante de ellas la falta de estandarización de la prueba, lo que hacía que los resultados del polígrafo dependieran más de la habilidad del entrevistador que de la prueba en sí.   Esta falta de rigor científico hace que los resultados no sean fiables, cualquier método que sea considerado científicamente válido, debería estar desligado de interpretaciones subjetivas del entrevistador.  Por ejemplo, en 1986, en el programa “60 Minutos” de la CBS, se investigó el ya controversial uso del polígrafo en la selección de personal para las empresas.  Se invitó, por separado, a cuatro especialistas en detección de mentiras con el polígrafo, ninguno de ellos sabía que había otros tres. Se les explicó que un equipo muy valioso había sido robado de las oficinas de la CBS y que el culpable tenía que estar entre un grupo de cuatro personas que trabajaban allí.  La labor de cada especialista era determinar quién era el culpable.  Se le dijo a cada uno que, aunque todos los sospechosos podían haber robado el equipo, uno de ellos en particular parecía ser el más probable. Naturalmente que a cada uno de los cuatro especialistas le señalaron un diferente posible culpable. Los “sospechosos” recibirían un premio en dinero si lograban convencer al entrevistador de que NO eran culpables.  Todo fue filmado.  El resultado no sorprendió a nadie: cada uno de los entrevistadores señaló como culpable a aquel que le había sido sugerido como “más sospechoso”. Todos hicieron grandes esfuerzos para obligar a confesar a cada uno de sus presuntos culpables.

La conclusión es que las mediciones que se hacen con el polígrafo no dicen nada y que los resultados se basan más en aspectos subjetivos del entrevistador y del entrevistado.

La segunda crítica es la gran cantidad de falsos positivos (gente que aparece como mentirosa, cuando en realidad no lo es) que la técnica del polígrafo arroja.  Una precisión del 90% (argüída por los defensores de los polígrafos) hará que de cada 10 personas, una tiene el riesgo de ser inculpada cuando es inocente.  Si las decisiones tomadas con esta prueba pueden afectar la vida, la carrera o el futuro del examinado, esta falibilidad es gravísima.

En tercer lugar, no está demostrado que las mentiras estén directamente ligadas con las variables medidas (el pulso, la respiración, la presión sanguínea y la conductividad de la piel).  Muchos otros estímulos pueden causar respuestas semejantes, induciendo a error en las conclusiones. Alguien comentó alguna vez irónicamente: “El polígrafo detecta cambios bruscos del ritmo cardíaco, de la presión sanguínea y de la sudoración. Por tanto es un detector muy fiable de orgasmos  ¿pero detecta mentiras? ¡sólo si uno está fingiendo un orgasmo!”.

Finalmente, cabe resaltar que importantes organizaciones han hecho exhaustivos estudios sobre la efectividad del polígrafo y todas ellas han llegado a la misma conclusión: el polígrafo no sirve.

 

1. Office of Technology Assessment(OTA)

«La OTA concluyó que ninguna simple medida general o simple e individual conclusión de la validez de la prueba del polígrafo puede ser establedida con base en alguna evidencia científica disponible. La validez es el grado con el cual el polígrafo puede detectar con precisión la veracidad y el engaño.».

Scientific Validity of Polygraph Testing: A Research Review and Evaluation

https://fas.org/sgp/othergov/polygraph/ota/index.html

 

2. The National Academies of Sciences, Engineering, Medicine

«El gobierno federal no se basa en los exámenes de polígrafo para evaluar futuros o actuales empleados para identificar espías u otros riesgos de seguridad nacionales, porque los resultados son demasiado imprecisos al usarse de este modo.».

The Polygraph and Lie Detection

http://www.nap.edu/webcast/webcast_detail.php?webcast_id=230

 

3. American Psychological Association

«El desarrollo de las teconologías actuales de “detección de mentiras” está basado en ideas sobre el funcionamiento fisiológico pero es, en su mayoría, independiente de investigación sistemática fisiológica. Los primeros teóricos creían que la mentira requería esfuerzo y, por lo tanto, podría ser medida mediante cambios fisiológicos. Pero estas proposiciones no han sido probadas y la investigación básica sigue limitada a la naturaleza de la mentira. Los esfuerzos para desarrollar pruebas reales siempre han superado la investigación básica basada en la teoría. Sin una mejor comprensión teórica de los mecanismos por los cuales funciona el engaño, sin embargo, el desarrollo de una tecnología de detección de mentiras parece muy problemático.

Por el momento, aunque la idea de un detector de mentiras puede ser confortante, la sugerencia más práctica es permacer escéptico sobre cualquier conclusión obtenida de un polígrafo.».

The Truth About Lie Detectors (aka Polygraph Tests)

http://www.apa.org/research/action/polygraph.aspx

 

Que el polígrafo sea usado en la actualidad en muchas partes, no lo hace efectivo, sino popular.  Autoridades, políticos, periodistas, instituciones públicas y privadas, deberían estar al tanto de esto.

 

[1] Lying in Everyday Life”,  DePaulo, Kashy, Kirkendol, Wyer – Journal of Personality and Social Psychology, 1996, Vol. 70, Nº 5, 979-995 – http://tinyurl.com/gvzs7b6

[2] A History of Lie Detection”, Paul V. Trovillo  – Journal of Criminal Law and Criminology, 1939, Vol. 29, Nº 6 – http://tinyurl.com/gw3xqgo

[3] Superstition and Force”, Henry C. Lea – Harvard College Library, 1866 –  http://tinyurl.com/gu28dyf

[4]  El cuerpo humano pierde alrededor de 12 gramos por hora, así que mientras más larga la exhortación del juez y más sensible la balanza, mejor para el acusado.

[5]  Wikipedia – https://es.wikipedia.org/wiki/Tortura#Tortura_y_ordal.C3.ADa

[6]  Un paciente que había sufrido un accidente y quedado con parte del cerebro expuesto debido a una gran fractura, estaba siendo examinado por Mosso con ayuda de sus aparatos, repentinamente su presión comenzó a aumentar, sin ninguna razón aparente.  Cuando comenzaron a interrogarlo, el paciente dijo que mientras paseaba su mirada por la biblioteca de Mosso, vio entre dos libros una de esas calaveras  que tienen los médicos, imagen que lo llevo a su condición de paciente con el cráneo roto y que le causó un repentino temor.