Descreídos Jueves, 12 enero 2017

El efecto Frankenstein contra la divulgación científica

El celebérrimo Dr. Frankenstein de los clásicos

El celebérrimo Dr. Frankenstein de los clásicos (Peter Cushing)

Escribe: Víctor García-Belaúnde, director de la SSH

La mayoría de las películas de ciencia ficción son distópicas y en muchos casos hasta apocalípticas. Refuerzan la imagen del científico loco que utiliza la ciencia para su propio beneficio, aprovechándose del analfabetismo científico de los demás para llevar a cabo planes macabros sin pensar en las consecuencias, las cuales por lo general resultan en la destrucción del medio ambiente, escasez de agua, guerras por recursos naturales y otras calamidades. Probablemente esto comenzó con la novela Frankenstein de Mary Shelley, que ha dejado su marca en las películas.

Siempre me he preguntado por qué el efecto Frankenstein, acuñado por Isaac Asimov con el nombre de complejo Frankenstein, ha tenido tanta acogida en el público en general. Y al contrario, por qué hay tan pocas películas que muestran el lado positivo, y creo que más acertado, del científico: personas genuinamente interesadas en buscar explicaciones a las grandes preguntas de la humanidad, y en su mayoría con la determinación de contribuir a dejar un mundo mejor al final de sus vidas.

En todos los años dedicados a la popularización de la ciencia, he notado que los científicos son muy distintos al estereotipo de Hollywood. Estos suelen estar fuertemente atraídos a develar los misterios del universo, a veces por mera curiosidad, pero normalmente movidos por mejorar la condición humana y la sostenibilidad del desarrollo económico. Los científicos que tuve la oportunidad de entrevistar son personas que coinciden con estas características, y hasta ahora he tenido la suerte no toparme con ningún científico loco como los que intentan imitar el peinado de Einstein en películas como Volver al Futuro. La realidad de los científicos es otra cosa.

Entonces, ¿cómo se explicaría el efecto Frankenstein? La naturaleza humana es fascinante pero también está llena de corredores sin salida. Tendemos a magnificar los temores, en especial el miedo a lo desconocido. Vivimos bajo la ley de Murphy porque es beneficioso para nuestra supervivencia: ‘Lo que puede salir mal saldrá mal en algún momento’. Sin embargo, en el mundo moderno dicha ley puede ser contraproducente si no inyectamos un poco de escepticismo en la ecuación. Si nos roban le contamos a todo el mundo que tal esquina es peligrosa y por lo general la gente lo recuerda. Si es una esquina segura, no importa que tantas veces hayamos pasado por ahí, ni lo mencionamos, aunque sea evidente que te pueden robar en cualquier parte. Por eso es tan importante pensar en probabilidades antes que en realidades dicotómicas y eso es justamente lo que hacen los científicos. Se ven en la necesidad de cambiar de manera de pensar y adoptar el método científico, lo que es muy difícil pues va contra nuestro instinto de supervivencia que tiende a polarizar y maximizar. De ahí que la mentalidad científica sea tan antinatural, tan difícil de entender y de divulgar, y justamente en esa dificultad radica su importancia, pues es fácilmente reemplazada por disciplinas que nos hacen sentir bien y que en muchos casos son publicitadas como ‘científicas’ por el renombre que implica la inclusión de la palabra ciencia.

El holocausto nuclear que traería la ciencia según las víctimas del efecto Frankenstein

El holocausto nuclear que traería la ciencia según las víctimas del efecto Frankenstein

Creo que la educación científica de las futuras generaciones debe ser tarea primordial para todos. Tanto la sostenibilidad del planeta como la supervivencia en general como especie están intrínsecamente ligadas a nuestros esfuerzos en la divulgación científica. La ciencia ayuda a las personas a comprender cosas nuevas y cuestionar creencias preestablecidas, a conocer mejor cómo funciona el cosmos, y por lo tanto a tenerle menos miedo a lo desconocido conforme se vaya develando el misterio. La popularización de la ciencia contribuye a que el ciudadano promedio adquiera confianza en la comunidad científica en general, y pueda ver más allá de las caricaturas de científicos locos de las películas que generan desconfianza. El ciudadano educado puede comenzar a tener una visión del mundo más realista, controlando los temores innatos producto de nuestra evolución y así poder filtrar la buena ciencia de la pseudociencia, aceptando que vivimos en un mundo de incertidumbre y aprendiendo a lidiar con el misterio y así no caer fácil presa de la superstición y las creencias sobrenaturales. Pues es bien sabido que a los escépticos no se les aparecen fantasmas, ni son abducidos, ni pierden el tiempo con tanta charlatanería como la ofrecida por los médicos alternativos. El ciudadano empoderado con el método científico se focaliza en lo que realmente importa y ya no está a merced de recomendaciones de otros, y puede ahora cuestionar a las autoridades y revisar la validez de las afirmaciones por si mismo. Ahora es capaz de distinguir entre las ficciones de la mente y los temores reales, como el cambio climático que actualmente amenaza a todas las naciones.

Por eso que nunca me encantaron esas películas de científicos locos. De chico me gustaba la ciencia pero sabía que esa visión era errada, ahora sé de la importancia de que la ciencia forme parte de la cultura popular para finalmente acabar con los rezagos del efecto Frankenstein.

Yo crecí viendo Star Trek, una serie centrada en un futuro utópico al contrario de las típicas películas de ciencia ficción. Donde los terrícolas han superado los grandes problemas de la humanidad como la escasez, el conflicto y la destrucción de la naturaleza gracias a la cooperación mutua, la educación de calidad y el buen uso de la ciencia y la tecnología. En un futuro de Star Trek, no hay guerras, no hay pobreza, no hay divisiones artificiales de tribu, raza, clan o religión entre los humanos, y el desarrollo se da en armonía con el medio ambiente. Como el humanista que soy, ese es el porvenir en el que centro mi esperanza, y aunque las noticias nos hagan creer lo contrario, soy optimista en que esa es la dirección a la que se dirige la humanidad. Para llegar a ese futuro utópico debemos trabajar todos juntos y cualquier cosa que podamos hacer para alcanzarlo, por más breve que sea, puede generar ese pequeño cambio que impulse a otros a seguir adelante.

Spock con el famoso tricordio, un aparato que analiza la composición de los materias a distancia. Este y otros aparatos como el celular tipo sapito, la tablet y el USB fueron primero ideados en Star Trek, décadas antes de ser inventados y comercializados.

Spock con el famoso tricordio, un aparato que analiza la composición de los materias a distancia. Este y otros aparatos como el celular tipo sapito, la tablet y el USB fueron primero ideados en Star Trek, décadas antes de ser inventados y comercializados.

 Aquí está el video de la Condecoración Brundtland a La Manzana Escéptica donde fue leído el discurso publicado en este artículo.

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