Descreídos Viernes, 13 septiembre 2019

Religión y Ciencia según Juan Pablo II

*Artículo originalmente producido para la Foundations and Philosophy of Science de la Universidad McGill de Montreal. Se reprodujo en el libro Filosofía de la Tecnología y otros ensayos de la Universidad Inca Garcilaso de la Vega en el año 2012 (pp. 231-235).

*La reproducción del artículo para la columna de opinión de la Sociedad Secular Humanista del Perú ha sido posible gracias a la autorización expresa del profesor Mario Bunge para compartir sus escritos en nuestros medios digitales o impresos.

Religión y Ciencia según Juan Pablo II, por Mario Bunge

La Iglesia Católica ha cambiado de actitud frente a la ciencia en el curso de los últimos decenios. En efecto, de la desconfianza, e incluso hostilidad, características de la ecclessia militans de hace un siglo, ha pasado a la conciliación. Esta actitud, esbozada ya por Pío XII, se acentúa en Juan Pablo II, quien ha hecho un llamado para que se reabra el infame proceso a Galileo, “reconociendo honestamente las equivocaciones de una y otra parte”, sin aclarar sin embargo en qué consistieron los errores del gran físico florentino (Interciencia 5:173-175 (1980)).

Los protestantes ya habían logrado un modus vivendi con la ciencia hace varios siglos, y muchos teólogos protestantes habían descubierto que, mejor que atacar a la ciencia, es abrazarla e intentar mostrar que ella confirma la teología al descubrir la maravilla y el propósito de la creación (recuérdese los trabajos de Robert K. Merton). Pero, mientras los teólogos protestantes están divididos en la manera de justificar este arreglo, los católicos están unidos. En efecto, los protestantes se dividen entre los que sostienen que ciencia y religión son incompatibles porque ocupan territorios diferentes, y los que afirman que las verdades de la ciencia armonizan con las de la religión porque ambas proceden de Dios: la ciencia y la religión son solo dos maneras de enfocar el mundo (Cf. Ian G. Barbour, Issues in Science and Religion (Englewood Cliffs, N .J.: Prentice-Hall, 1966)). Juan Pablo II adopta esta última postura, elaborada en algún detalle por teólogos protestantes.

No discutiremos aquí la explicación dada a la armonía entre ciencia y religión, ya que es incomprobable porque invoca un ente inescrutable. En efecto, no hay manera de poner a prueba ni de calcular la procedencia divina de la ciencia y de la religión. En cambio la tesis papal de que la ciencia es compatible con la religión sí puede ponerse a prueba. Para refutarla basta encontrar un par de contraejemplos flagrantes. Estos contraejemplos no se encontrarán en los territorios puramente técnicos de la ciencia, tales como la física del estado sólido o la fisiología vegetal. Para hallarlos es preciso recorrer las avanzadas de la investigación fundamental que prometen o amenazan refutar dogmas capitales del cristianismo. En este momento hay por lo menos tres campos que exigen una toma de decisión: la cosmología, la biología y la psicología. Recorrámoslos brevemente.

La cosmología de los dos últimos decenios ha abrazado decididamente la hipótesis del Big Bang formulada originariamente por el Abate Lemaître, buen relativista y buen católico citado por el papa. Casi todos los cosmólogos contemporáneos hablan de la creación del universo, que habría ocurrido hace unos 20.000 millones de años. Naturalmente, no hay la menor prueba de semejante creación, ni empírica ni teórica. Ningún cosmólogo serio afirma que haya habido creación a partir de la nada. Lo único que creemos saber es que hace unos 20.000 millones de años el universo explosionó, y que sigue expandiéndose desde entonces. Ningún cosmólogo serio niega que el universo haya existido (en una forma muy distinta de la actual) antes de esa fecha; ninguno afirma que en esa época fuese creado por fiat divino.

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Imagen vía: laicismo.com

Las historias de la creación divina están a cargo de periodistas y teólogos. Los científicos no aceptan que haya habido creación propiamente dicha porque (a) no hay la menor prueba de ella, y (b) aceptan que las leyes naturales no comienzan ni terminan bruscamente, y entre estas leyes se halla la ley de conservación de la energía, violada por cualquier interferencia divina en los asuntos mundanos. En resumen, la conversión de la hipótesis cosmológica de la explosión cósmica en una historia teológica es una maniobra, hábil o incauta, que carece de fundamento científico.

Nuestro segundo campo es la biología. La biología moderna es netamente evolucionista. No acepta el mito de la creación de la vida sino que afirma su emergencia espontánea, hace unos tres mil millones de años, a partir de precursores abióticos. Ni acepta el mito de la creación separada de las especies, expuesto en el Génesis, sino que afirma que todas las especies evolucionaron por sí mismas a partir de las primeras células (más aun, la biología evolucionista ha encontrado que la mayoría de las especies se ha extinguido, lo que no sabían los autores del Génesis. Es grave blasfemia responsabilizar al “Creador” de esta hecatombe).

En suma, la biología moderna es evolucionista, no creacionista (O, si se prefiere, las novedades o creaciones que se producen en el transcurso de la historia de la naturaleza son inmanentes, no trascendentes). Es verdad que un teólogo inteligente, como Pío XII o Teilhard de Chardin, o Juan Pablo II, puede admitir la evolución. Pero no puede admitir que los mecanismos evolutivos sean naturales, es decir, que la evolución carezca de dirección sobrenatural. En cambio, la biología descubre que los mecanismos evolutivos son naturales: mutación, selección natural, deriva génica, etc. En definitiva, la principal verdad de la biología moderna -la evolución de todas las poblaciones de organismos por variación génica, selección natural, etc. – choca violentamente con la verdad revelada.

Finalmente tenemos el espinoso problema del alma. Si ésta es inmaterial e inmortal, su estudio pertenece a la teología, no a la psicología, ni menos aún a una psicología biológica que estudia la psique humana con tanto ahínco como la psique de animales subhumanos.

Esta ciencia no se da por aludida y estudia la psique de modo parecido a cómo los químicos estudian las reacciones químicas, o sea, como procesos materiales controlables experimentalmente y modelables matemáticamente. En particular, la psicología fisiológica de las últimas décadas tiende a concebir la mente como una colección de procesos cerebrales que ocurren en los sistemas neuronales plásticos (de conectividad variable, o sea, no programados). En suma, nada queda del alma inmaterial e inmortal diseñada por los filósofos paganos de la antigüedad. Pero al menos esta doctrina no fue revelada, sino adoptada por el cristianismo mucho después de Pablo, de modo que la Iglesia podría desembarazarse de ella sin riesgo teórico. Pero el costo práctico de esta reconciliación con la ciencia sería altísimo, porque ya no podría quedar a cargo de la cura de almas.

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Imagen: elsol.com.ar

En resumen, hay violentos conflictos entre la religión cristiana y la ciencia en ciertas áreas de crecimiento de esta última. Pero, así como la Iglesia promete rehabilitar a Galileo, y ha dejado de atacar de frente a Darwin, es concebible que termine aceptando también la doctrina biológica (materialista) de la psique, aunque esto le lleve siglos. Al fin y al cabo, no es la religión la que se equivoca sino -como lo recuerda Juan Pablo II en el caso de Galileo- “hombres y organismos de la Iglesia”. Ya hay un precedente importante: el máximo sistema teológico-filosófico producido por el Cristianismo (a partir del aristotelismo), a saber, el de Santo Tomás, ha dejado de ser doctrina oficial de la Iglesia Católica (y nunca lo fue de los protestantes).

Queda por examinar una segunda afirmación de Juan Pablo II, a saber, que ciencia y religión comparten la humildad. Esto es importante para evitar la arrogancia consistente en negar los dogmas religiosos o en sostener con vehemencia doctrinas científicas que refutan a las religiosas. Así, por ejemplo, el filósofo católico Padre Ernán McMullin, profesor de la University of Notre Dame, escribe:

“La exploración científica del universo, como lo subrayara tan a menudo el difunto Santo Padre, es buena, pero sólo alcanza su significado pleno cuando respeta reverentemente el poder último (overlordship) de Dios. Debe ejecutarse con humildad; debe haber una verdadera ascesis cognoscitiva” (“Science and the Catholic tradition”, en I. G. Barbour, compilador, Science and Religion. New Perspectives on the Dialogue (New York: Harper & Row, 1968), p.42)

El investigador científico no es humilde en este sentido: no está dispuesto a retroceder cuando su trabajo amenaza atacar dogmas establecidos. Ni es humilde en ningún otro sentido: más bien, es audaz y hasta irreverente. El investigador científico es, sí, modesto: tiene conciencia de sus limitaciones así como del hecho de que la humanidad ha empezado recién a conocer la realidad (y muchos científicos saben que la tardanza se debió en parte a la presión de las religiones).

La persona humilde no tiene ambiciones; el científico, por modesto que sea, ambiciona hacer descubrimientos o invenciones que dejen una marca en el proceso del conocimiento. Sin ambición no hay lucha ni tesón. Y la investigación científica es una lucha tesonera que no está al alcance de los humildes, siempre temerosos de molestar a los detentores de poder cultural.

Los humildes pueden desempeñar una función útil averiguando datos, manejando instrumentos, o haciendo cómputos; pero solo los ambiciosos encuentran y atacan problemas difíciles cuya solución puede cambiar el rumbo de la ciencia o aun poner en peligro dogmas de algún tipo, sean científicos o filosóficos, religiosos o políticos.

En resumidas cuentas, Juan Pablo II es excesivamente optimista. No hay motivos para creer que la religión y la ciencia son menos incompatibles hoy que ayer; siguen siendo incompatibles en su enfoque, en su método y en sus resultados más profundos. No obstante, seguirá habiendo por mucho tiempo, quizá siempre, buenos científicos con convicciones religiosas, sacudidos de tanto en tanto por graves crisis de fe. ¿Tendrá esto que ver con la existencia de dos hemisferios cerebrales o simplemente con una tradición milenaria? Este es uno de los problemas que tendrá que resolver la ciencia de las religiones.

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