Descreídos Viernes, 8 octubre 2021

La vigente influencia de la selección natural y las lágrimas culturalistas al respecto

Considero que este título desafiante refleja un problema persistente en algunos de nuestros académicos. Creo encontrar en ellos una evidente necesidad por relativizar todo lo que concierne al ser humano, pues parece ser que los discursos totalizantes o que categorizan, típicos de una ciencia ilustrada, pueden verse como un ataque a nuestra libertad de ser quienes queramos ser. Así, no nos supone gran problema aceptar la presencia histórica de la selección natural en nuestra estructura física, pero cuando se trata de nuestra forma de pensar o actuar, nos sugiere que somos verdaderos esclavos del pasado y eso, a muchos, les puede sonar aterrador. Ciertamente la discusión entre cultura o selección natural en la conducta humana estuvo presente desde la publicación de “The Decent of Man” de Charles Darwin en medio de un ambiente culturalista influenciado por la antropología de la época. Solo a partir de la década de los 50 volvió el enfoque materialista que se enfrentaba al idealismo de la antropología americana. Aún así, en la actualidad predominan los enfoques constructivistas-socioculturales que minimizan los aportes de la reciente Psicología Evolucionista (PE).

En este texto propongo que la selección natural, mecanismo por el cual actúa la evolución de las especies, autora de la estructura física y conductual de las mismas, aún persiste de manera sutil en nosotros -los llamados seres culturales-, en nuestro actuar y pensar. Podemos modificar nuestras estructuras evolucionadas con la acción cambiante de la cultura, pero la presencia de la selección natural ha sido tan determinante que aún nos quedan sus vestigios y muchos no se han dado cuenta.

Nadie puede negar que, al ser una especie social y dotada de pensamiento abstracto, los humanos han sido capaces de crear un conjunto de saberes, creencias y pautas de conducta en un grupo social, incluidos los medios materiales que usan sus miembros para comunicarse entre sí y resolver necesidades de todo tipo, a los que llamamos cultura (1952, Alfred Kroeber y Clyde Kluckhohn).

Esta, sin duda, ha sido la autora de casi todos los cambios sociales a lo largo del tiempo, pero ¿es la cultura una fuente de cambios autónoma y solo condicionada por el contexto histórico en donde se ha desarrollado? ¿Acaso la cultura humana no lleva impregnada ciertas características propias de nuestra especie que podrían ser detectables fácilmente por una hipotética civilización extraterrestre impregnada de su propia cultura?

 

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Psicología evolucionista

Para responder a dichas interrogantes hace falta aclarar las funciones y las ideas erradas de la Psicología evolucionista (PE). Iniciaré con las segundas: Esta disciplina no pretende reducir la conducta humana a un determinismo biológico, como muchos proponen; contrariamente, parte del hecho de que, como la cultura es una característica fundamental de la especie, esta puede ser utilizada como evidencia empírica para conocer cuáles son los mecanismos cognitivos que han sido capaces de producirla.

Tampoco el enfoque evolucionista pretende defender el statu quo, o mucho menos ser la base teórica que justifique el racismo, la violencia, la corrupción, etc. Esta, en cambio, es consciente de que una predisposición puede ser alterada por el medio ambiente.  Finalmente, La PE es descriptiva y no pretende juzgar u opinar sobre cómo deberíamos comportarnos.

Ya Barkow en su libro “The Adapted Mind” (1992) menciona que es momento de que las personas dejen atrás las ideas preconcebidas y los estereotipos que los científicos sociales suelen tener sobre lo “biológico”. Continúa diciendo que “cultural” no puede oponerse a “biológico” porque la cultura y la sociedad son los únicos medios que tenemos para expresar nuestra psicología evolucionada.

Ahora bien, ¿qué es realmente la Psicología Evolucionista?
Esta parte del hecho de que la mente humana posee un diseño estructural y funcional, un conjunto de mecanismos neuropsicológicos, que han surgido durante el proceso de hominización como instrumentos para dotarnos de respuestas adaptativas frente a distintos problemas del entorno (Cosmides y Tooby, 1988,1994; Buss, 1994, 1995; Tooby y Cosmides, 2005).

La PE intenta dar lucidez a ciertas predisposiciones conductuales del homo sapiens llamados mecanismos psicológicos evolucionados, y parte de facto de que la evolución de los homínidos, incluyendo al humano, se dio en condiciones existentes en medios prehistóricos. La PE se propone investigar los sistemas cognitivos que generan las conductas, y no las conductas en sí. Considera poco probable la evolución de adaptaciones significativas posteriores al pleistoceno ya que toma en cuenta la corta duración del neolítico. La PE intenta explicar también cómo los humanos contemporáneos, habitantes del mundo moderno, presentan problemas de desadaptación propios de una configuración cerebral característica del pasado. Un ejemplo que ilustra estas líneas es el estrés como una de los principales problemas de salud mental en el mundo contemporáneo.

 

La evolución del ser humano se dio principalmente en el paleolítico.

La evolución del ser humano se dio principalmente en el paleolítico.

 

El cerebro

Uno de los argumentos de los culturalistas es que la corteza frontal, en donde se encuentra la cultura, ha sido desarrollada a través de la interacción entre los humanos; como la corteza frontal es lo que nos diferencia de los demás animales, somos seres puramente culturales. Pero ¿acaso nuestro actuar siempre está regido por la corteza frontal? Basta tener estudios introductorios en la facultad de Psicología sobre bases neurológicas de la conducta humana para saber que distintos procesos mentales están influenciados por distintas áreas del cerebro, como por ejemplo el sistema límbico, responsable de la toma de decisiones generada a través de una estimación probabilística inconsciente de las recompensas y los riesgos. Esta, a su vez, está influenciada por mecanismos neuropsicológicos surgidos en el pasado, como propone la PE.

Pero las ideas erróneas del funcionamiento del cerebro que tienen los culturalistas no terminan allí. Acusan a la plasticidad neuronal de ser la responsable de dejar atrás todo lo que concierne a nuestro vestigio evolutivo y consideran que todo ello ha sido reemplazado por la amada cultura. Sin embargo, la plasticidad neuronal -mecanismo desarrollado por la evolución para adaptarse a cambios en el medio ambiente a lo largo de la vida del individuo- funciona en un plano distinto y superior que no supone afectación alguna a las estructuras más internas del cerebro. Si fuese así, perderíamos hasta la propia identidad a lo largo del tiempo.

Dicho esto, es pertinente ahora recordar que la selección natural deja instaladas configuraciones generales adaptativas no deterministas que son posteriormente filtradas por las influencias civilizadoras de la cultura y que estos productos psicológicos están presentes e influyen en nuestras acciones. Entonces, parece que no hay ningún inconveniente en aceptar que ciertas conductas o pensamientos no dependen de la cultura de turno sino que están implícitas en todos los seres humanos y van desde el miedo a la oscuridad como prevención a ataques de depredadores, los sesgos cognitivos como atajos veloces y eficaces para resolver una situación de rápida acción, el impulso sexual como mecanismo para la reproducción, la ira como actitud de defensa frente a una percepción de amenaza, la empatía como estrategia de protección de grupo, etc. Pero no solo este tipo de reacciones, en apariencia simples, escapan de la influencia cultural. Dichas configuraciones también nos influencian en elecciones o preferencias aparentemente complejas. No es extraño que haya metaanálisis como el de Davis et al. titulado “How Large Are Gender Differences in Toy Preferences?”  que muestran una similar predisposición a la elección de cierto tipo de juguetes por parte de los niños que se mantiene por varias décadas apoyando la teoría de la inversión parental.

La genética del comportamiento, responsable de estudiar los factores genéticos y ambientales que originan las diferencias entre individuos ha trabajado particularmente con gemelos. Estos estudios han ido confirmando que la mayoría de los rasgos de personalidad, como la apertura a la experiencia, la extraversión, el neuroticismo, entre otros, son el doble de parecidos en los gemelos que en los mellizos. Nuevamente esto confirma las predisposiciones biológicas en nuestra conducta que no están regidas únicamente por el ambiente social, como muchos afirman.

La cultura

Otro gran problema de los culturalistas es que transitan por distintas definiciones de cultura de acuerdo a su conveniencia. Pueden abordar la cultura desde su máxima amplitud como causa última de todo cambio que involucra de alguna manera al ser humano, y regresan a conceptos más superfluos como los marcos conceptuales propios de cada comunidad.  Kuper (2010) evidencia que no se ha establecido una representación unitaria del concepto de cultura. La palabra cultura es tan polisémica que sus significados se desplazan desde el idealismo al materialismo y desde los dominios de lo imaginario a lo conductual (Castro, Castro, Toro, “Evolution and Culture”, 2010).

Si se quiere sentenciar que el transhumanismo es un ejemplo de cómo la cultura puede cambiar hasta nuestros propios genes, han establecido a priori una definición amplia (pero finalmente válida) de cultura que nos dice que: dado que la tecnología es una herramienta creada al final de cuentas por los seres humanos, y toda producción humana es cultura, ergo: la cultura ha modificado los genes. Esta aproximación a la definición de cultura ha llevado, como es lógico, a remplazar el nombre de selección artificial por selección cultural. Suena bastante coherente este salto de fenómenos emergentes que verdaderamente nos llevan a una causa casi última y cultural, pero, entonces, estando de acuerdo con esta aproximación, me pregunto: ¿por qué no se amplía la distancia aún más? Es decir, si se va a dar un salto hacia la causa última, por qué no llegan a tomar la propia selección cultural como una manifestación más de la selección natural en donde los cambios que permiten al individuo adaptarse mejor a un ambiente social terminan por transmitirse de generación en generación cual si fueran verdaderos cambios en el medio ambiente natural (que de hecho lo son). Parece que su “causa última” termina siempre en la cultura y más cultura. Incluso si nos centramos en la hipótesis de la memética, la cual ya no se reduce solo a la herencia genética, no tendría por qué separase los memes de los genes en lo absoluto. Al ser los memes la unidad de producción básica de la cultura, y la cultura la fuerza que cambia el entorno en donde actúan los genes, significa que la cultura ejerce una presión evolutiva en los genes.

Por otro lado, llegan al punto de sostener que debido a que el desarrollo de los seres humanos ha sido por la interacción con otros humanos, el verdadero ambiente que permitió su evolución no fue África, sino lo fueron las relaciones sociales. Tales argumentos son similares a decir que, debido a que las abejas viven en grandes comunidades, no han evolucionado únicamente por adaptación al ambiente natural, sino que su evolución ha sido condicionada por sus interrelaciones, las abejas son, entonces, seres culturales. Pero han olvidado que las interrelaciones entre los miembros de una misma especie forman parte de los mecanismos de adaptación al ambiente porque dichos miembros forman parte del ambiente.

Un ejemplo de selección natural actual, que evidentemente si se quiere se le puede atribuir a la cultura, sería la tolerancia a la lactosa. La enzima que permite digerir la leche materna deja de funcionar cuando acaba el proceso de lactancia; sin embargo, en algunas poblaciones que se caracterizan por tener ganadería la enzima sigue funcionando. Da lo mismo si la razón por la que tomamos leche sea cultural o porque las vacas nos dominaron y nos trataron como a sus terneros, el ambiente involucra a la cultura o a cualquier otro factor y la selección natural sigue actuando.

 

Conclusión

La cultura, agente de cambio que parece dirigir nuestro destino, no se sustenta únicamente en el contexto histórico, o en las condiciones demográficas, geográficas, económicas, ambientales de turno. Sino también, se sustenta, sobre todo, en las características cognitivas de las especies responsables de producirla. La psicología evolucionista tiene como objetivo descubrir y describir cuáles son estas características y cuáles fueron las condiciones naturales que las generaron tomando como base la teoría de la evolución por selección natural, y por lo tanto, debe ser incluida en los estudios de las ciencias sociales.

Soy consciente de que es común el uso de las proposiciones del enfoque evolucionista como argumentos conservadores, pero debo dejar en claro, como humanista secular racionalista, que en un futuro, espero no muy lejano, será inevitable que la cultura, a través de la tecnología y de la ciencia, llegue a ser capaz de mejorar nuestras condiciones y de eliminar por completo la influencia de la selección natural hasta niveles genéticos. No obstante, insisto en que la selección cultural aún no ha cubierto todos los ámbitos de nuestra corta vida moderna y no debe limitarse los estudios sociales a un reduccionismo culturalista que nos asemeja a una tabula rasa.

Mis argumentos no deben ser reducidos a la falacia naturalista. Contrariamente, soy un fiel seguidor del transhumanismo y de un progresismo ilustrado. La ciencia está hecha para superar a la naturaleza y a eso aspiramos. Finalmente, debo dejar en claro que no somos esclavos de nuestras predisposiciones evolutivas, el neocortex es responsable de la creación de la razón y la consciencia podrá ser capaz de dejar atrás módulos primitivos.

 

Referencias

Barkow, J., Cosmides, L. & Tooby, J., (eds) (1992) The Adapted Mind: Evolutionary psychology and the generation of culture (New York: Oxford University Press).

Cosmides y Tooby, 1988,1994, Buss, 1994, 1995, Tooby y Cosmides, 2005.

Castro, Castro y Tora, 2010 “Evolution and culture: A Naturalistic approach to social sciences”

Davis, J.T.M., Hines, M. How Large Are Gender Differences in Toy Preferences?

 

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